Vamos por el camino correcto…

Foto: EFE

Por Camilo de Las Casas

25 May 2015

"Y vamos por más". Así lo expresan los uribistas santistas, y los santistas. El precio de la corona que es la pax neoliberal lo cuestionan los uribistas porque no son los Protagonistas de Novela. Ellos desean más sangre, al estilo de Guapi y de Segovia. Allí  suman 40  guerrilleros aniquilados en estado de indefensión, sin saber de los heridos. El establecimiento desea o acelerar ya la firma o  parar el proceso de conversaciones. No se ha logrado acuerdos sobre el punto de los derechos de las víctimas; un año después de iniciada la discusión. Las razones; no querer asumir en un escenario de justicia penal democrático y de comisión de la verdad sus responsabilidades.

Entre Santos y Uribe no es mucha la diferencia. El establecimiento que en ellos se expresa siempre ha vivido de las guerras encubiertas con el paramilitarismo y de la abierta con violaciones sistemáticas de derechos humanos. Ambos quieren ver postradas a las guerrillas, pero unos consideran que es más efectivo conversar que prolongar la confrontación armada por lo menos dos décadas más. La pelea interna del establecimiento es por vanidad; se trata de demostrar cuál era la fórmula más acertada para asegurar la inversión extranjera. Nuestra clase dirigente con honrosas excepciones no piensa en el país, piensa en su grupillo y en sus amigos privados con los que hace negocios en la economía y en la política.

En los últimos 15 años las operaciones aéreas con alta tecnología ha sido la fórmula que ha ido sustituyendo al paramilitarismo que se inició a finales de los 70 para tratar de exterminar a las guerrillas. La estrategia paramilitar poco a poco se ha ido desplegando a otros campos de control pero se mantiene con reformadas maneras de operación de contención sobre el movimiento social desde el 2002 con la ley 975 y la "desmovilización" que propendía del uribismo.

Lo grave más allá de los ajustes y las tensiones que habría que esperar de las conversaciones en la mesa de La Habana y de lo que prevendrá aún más al ELN para iniciar las conversaciones, es que la clase dirigente ha triunfado pasionalmente con la cultura de la muerte. Ella ha instalado un imaginario de la victoria con la muerte violenta. La muerte hecha espectáculo de soberbia y de aniquilación del otro es la expresión de una cultura de talante neofascista. El aplauso a la militarización o a la policía cotidiana que se impone por la fuerza es la negación de las libertades; la alegría fervorosa por el aplastamiento del otro es uno de sus destellos. Estamos en  la asunción de la vida, diría en estado de excepción; más vale que maten al otro, que nos divirtamos con su muerte, que desnaturalicemos al adversario, que poner en riesgo nuestra seguridad, mental o física. No es necesario tener dudas. El camino expedito es que firmen ya, que acaben pronto con esa vaina que es la guerrilla;  si no se puede conversando, pues que los bombardeen. No hay que pensar, no hay que razonar.

El establecimiento ha triunfado con la imagología de la fuerza militar-paramilitar; ellos son los héroes. Da lo mismo o no la existencia de 45 mil desaparecidos forzados, para no hablar de los ejecutados extrajudicialmente mostrados como guerrilleros que son más de 4.000, y de los que han  muerto a mano de la operación encubierta paramilitar; más vale las multinacionales ofreciendo empleo así destruyan aguas, ríos, bosques, animales y esos indígenas, negros y campesinos mestizos. ¡Que se acabe la chusma para que llegue el progreso o que les den algún empleo a los que puedan, pues son bastante ignorantes!

Si las imágenes reporteriles de Claudia Gurisatti le dieron la bienvenida explicita dentro de un libreto a la bondad del paramilitarismo con una entrevista a Carlos Castaño en RCN, un salto en la legitimación social de esa máquina de guerra estatal son  los reportes de las Fuerzas Militares que nos trajeron al modelo holliwoodense de la guerra. Los bombardeos son unos juegos pirotécnicos como los que se muestran en el parque de Walt Disney o en los polvorines de las fiestas locales. Detrás viene la necesaria expresión de triunfo: los cuerpos de seres humanos cubiertos en lonas, sobre los que se celebra el vencimiento, el valor de la fuerza, la victoria. Y luego aparece Mickey, Pato Donald o Princesita. Un general, un Min Defensa, o James.

La muerte de los débiles se celebra como los goles de James. O si no, vean los titulares de la carnicería oficial opacados en domingo. La  guerra que es tan vendedora  como el fútbol en particular para los que hacen negocios. No para los soldados o los suboficiales; no para los vendedores ambulantes. Para aquellos que al interior de las Fuerzas Militares, por supuesto, generales y coroneles, y uno que otro civil que asciende al Ministerio de Defensa, así como los que protegen su riqueza y los que la acumulan con ella, están felices; como los dueños del Real Madrid, como los amos del fútbol en europa o en Colombia. Los unos, están felices por los golpes a las FARC EP, y los otros porque James hace goles, y haciendo goles la fealdad oficial se adoba.

Los lenguajes, incluso para los que hablan de la paz, son en su gran mayoría guerreristas, triunfalistas y no pretenden más que acorralar a las FARC-EP, y de ahí en derivación al ELN, a “firmar”, “a entregarse ya”, pues la “paciencia se está acabando”; otros en sus expresiones más religiosas advierten de la sed de venganza de la guerrilla y les invitan a poner la otra mejilla. Siempre los excluidos, los negados de la historia o sus expresiones rebeldes son juzgados desde la óptica de los poderosos.

¿Por qué los Santistas, los que se oponen al proceso de La Habana, y los que llaman evangélicamente a poner la otra mejilla, no llaman al cese bilateral? ¿Por qué tanto temor a reconocer esa necesidad como imperativo ético? Por una simple y sencilla razón: son parte de lo mismo, viven de esa guerra y de una sociedad machista, inoculada de odio y de venganza per se contra lo que desde lo excluido se hace rebelde, se expresa rebelde. Y esa sociedad se siente feliz siendo dominada, sometida, esquilmada. La cultura de la muerte ha triunfado y desde ahí hablan de pax, la pax neoliberal.

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