Una Confesión misericordiosa de la Iglesia colombiana

Abilio Peña -@Abiliopena 

8 Jul 2016

El  estudio  recientemente publicado por el Pacific School of Religion de Berkeley California  “Casos de Implicación de la Iglesia  en la violencia en Colombia, Insumo para la Comisión de Esclarecimiento de la Verdad”,  habla de la necesidad de  una confesión  de la responsabilidad institucional de la iglesia católica en casos de persecución a liberales, comunistas, y de la implicación  más reciente de algunos de sus miembros, con el paramilitarismo.

Presenta, como lo indica en la introducción, “ 8 pronunciamientos papales, 4 declaraciones del Episcopado Colombiano, intervenciones de 21 obispos, junto con 20 casos con estructuras paramilitares, y 3 casos de entornos eclesiales completos ligados con paramilitares y narcotraficantes que ilustran la responsabilidad de la iglesia católica en la violencia en Colombia”.

Hace  un llamado amoroso a la institución eclesiástica colombiana  a que asuma un pedido de perdón y las medidas de reparación que por la fuerza moral y su capacidad instalada en el país puede realizar:  “La Iglesia Católica  sigue siendo la institución de mejor imagen según las encuestas, con un 60% de aceptación. Cuenta en todo el país con cerca de 3.799 parroquias, con 208 congregaciones religiosas femeninas y 153 masculinas. Solo en Bogotá existen 149 colegios regentados por instituciones vinculadas con la iglesia católica. Estos reconocimientos y relación con sus fieles, son una oportunidad excepcional”.

Muestra cómo el papa Juan Pablo II invitó a la iglesia a reconocer sus responsabilidades y culpas  en los momentos más oscuros de su historia, con ocasión del quinto centenario de la conquista de América:  “la iglesia debe hacerse consciente con renovada lucidez de todas las infidelidades que sus fieles han demostrado a lo largo de la historia, en contra de Cristo y de su Evangelio (…).  Una mirada atenta al segundo milenio puede, quizás, evidenciar otros errores similares, e incluso culpas, en lo que mira al respecto de la justa autonomía de las ciencias. ¿Cómo callar luego de tantas formas de violencia perpetradas aun en nombre de la fe? Guerras de religión, tribunales de la Inquisición y otras formas de violación de los derechos de las personas (…).”

El papa Juan Pablo II, en su momento, pidió a la iglesia su propio examen de conciencia  y “a la luz de todo lo que dijo el Concilio Vaticano II, revise por iniciativa propia los aspectos oscuros de su historia evaluándolos a la luz de los principios del Evangelio” y añade que antes que daño le hará mucho bien “(...)  al prestigio moral de la iglesia, el cual más bien se reforzará por el testimonio de lealtad y de valentía en el reconocimiento de  los errores cometidos por sus hombres, y, en cierto sentido, en su nombre”. Indica que, en  la actualidad,  el papa Francisco, retomó el llamado del papa Juan Pablo II reconociendo en la Encíclica Laudato Si, en Bolivia y en México las culpas que recaen sobre la iglesia por sus interpretaciones antropocéntricas de su relación con el mundo y por su anti evangélica intervención en la conquista de los pueblos originarios del continente.

La publicación indica  que la responsabilidad de la iglesia  no se puede predicar de todos sus miembros, pues aún  en  los peores momentos en que algunos jerarcas y  sacerdotes instigaban la persecución de liberares y comunistas y se comprometían con el paramilitarismo,   siempre hubo voces dentro de la misma institución que clamaron por la vida, que acompañaron a las víctimas y que debieron padecer persecución similar a la de sus feligreses.

Ocurrió, por ejemplo,  en  los casos del P. Baltazar Vélez cuando públicamente enfrentó a Mons. Ezequiel Moreno quien proclamaba que “ser comunista era pecado” y que decía “harían bien  los católicos en coger también fusiles”;  o el de los sacerdotes Jesuitas de San Rafael, Boyacá, que acogieron en su parroquia a los católicos liberales que fueron expulsados luego del entredicho de Sogamoso. También el de el P. Gonzalo Jimenez  quien se negó a marginar de los sacramentos a los liberares de varias veredas de Dabeiba, Antioquia,   ante la persecución de la policía conservadora, amparada por sectores de la institucionalidad Católica;  o el de las Misioneras Lauritas que debieron enfrentar a su obispo ante la indiferencia por los crímenes de líderes indígenas en la diócesis de Pereira; o el compromiso de un obispo, de  religiosas del Sagrado Corazón,  de Sacerdotes Redentoristas y diocesanos,  que en Bolivar, Santander, levantaron su voz ante la persecución militar a sus comunidades cristianas por parte de torturadores del ejercito nacional,  quienes, a su vez, eran bendecidos  por los capellanes castrenses.

Como estos,  abundan los ejemplos de mujeres y hombres de iglesia que se la jugaron por las víctimas, que alzaron su voz ante la barbarie, que denunciaron la distancia entre el Evangelio de la misericordia  y las prácticas institucionales  tan contrarias al  amor del Dios de Jesús.

Es de esperar que la iglesia institucional que también ha hecho enormes aportes a la paz de Colombia,  valientemente haga los reconocimientos, antes que el examen y las recomendaciones los deba dictaminar la Comisión de Esclarecimiento de la Verdad acordada por el gobierno y la guerrilla de las FARC-EP.  Su contribución a la paz de Colombia se verá robustecida si reconoce anticipadamente su responsabilidad, pide perdón a las víctimas y adelanta acciones reparativas conforme a su rol  y capacidades ante la sociedad colombiana.

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