Tres cuadros de un mismo trauma

 Por Camilo De Las Casas -  

24 Sep 2015

Dice Jorge Reichmman, en una calle de papel en una metropolí en que lo tope, y quien a propósito debió haber aterrizado ayer en Bogotá, para el SOS por el Cambio Climático, que: “nos cabrán pocas dudas de que el curso que toma nuestra civilización conduce a una catástrofe: es destructivo y autodestructivo en un grado que se nos escapa”

Eso es la cultura confort expresión de nuestra costumbre. El acomodamiento de nuestra sensibilidad y razón a un pragmatismo que lleva a la muerte pública e imposibilita a la reconstrucción de un proyecto de ecohumanidad y de país. En la costumbre estamos  en una ceguera colectiva  que percibe a los visionarios como suicidas o apocalípticos, así blanco fácil del escarnio, o implícitamente legitimada su persecución y su exclusión.

La impunidad jurídica sobre la criminalidad de Estado sostiene la impunidad política electoral, y los negocios que entre otros, destruyen las fuentes de las vidas. Los muchos Alfredos  hablan, aun sin ser escuchados; los no trashumantes hablan, aún sin poder decidir porque no tienen más que su conciencia, no el dinero; la sequía un llanto de terror de la tierra no logra resquebrajar  las corazas del poder financiero y extractivo. El poder dominante conduce a la destrucción colectiva enfrentado por unos poderes en germen, otros ya maduros y hasta vejetes, y unas nuevas mentalidades que patalean y arrullan un proyecto de país distinto, que no logra aún su parto.

El asesinato político bajo estrategias encubiertas, el negocio electoral y la crisis ambiental son manifestación de una crisis profunda que se encubre en el engranaje de la mentira, el cinismo y los artilujios de la tecnocracia.

La cultura confort  tiene memoria selectiva. El fiscal que ordenó la captura de Alfredo Correa Andreis, semanas antes de su asesinato hace once años, nunca fue investigado ni sancionado por ser partícipe de un montaje judicial contra el defensor de derechos humanos de Barranquilla. El Fiscal sujeto de la estrategia ilegal del DAS  ambientó con el absurdo proceso judicial el escenario para justificar con base en la cultura maniquea, herencia del catolicismo colonial, su asesinato. Ese operador de la injusticia, en el  más absoluto cinismo cerró la investigación contra el defensor por muerto, no por carecer de pruebas para su imputación, agregando que en el expediente había suficiente prueba para que Alfredo continuara siendo procesado y sancionado penalmente como un delincuente. ¡Así de bárbaro¡  Es un caso de millares que reflejan como la justicia es podredumbre, es mercancía, y reflejo de esa cultura confort que sostiene un sometimiento obediente al Dios Juez.

Una razón de más para entender porque los rebeldes que hoy conversan con las guerrillas estén distantes de esa justicia espectáculo, de esa justicia mercancía, de esa justicia que es parte de los mecanismos de la guerra militar, de la que es parte de nuestra indiferencia, otro elemento de nuestra costumbre. Una costumbre cómplice del dominado con el dominante, que crea la sanción penal carcelaria fundamentalmente para los pobres, por eso entre nuestros 120 mil presos en centros carcelarios se encuentran esos que robaron por el pan, por el hambre, no por el vicio.

En ese misma cultura confort, los dominantes desarrollan la política. Cuando no ha sido posible tapar y todo es tan escandaloso, se empieza a llamar narco política,  y más recientemente parapolítica. Una táctica inteligente que a través de la estigmatización de unos, permite encubrir el gran tráfico de dinero electoral que desarrollan la mayoría de los políticos, de mucho tiempo atrás, al terminar la dictadura “democrática” del frente nacional-

Entre dos millones de ciudadanos, de cuatro millones inscritos, se afirma son parte de la trashumancia electoral o traslado de votantes, esto implica a más del 78% de los municipios del país. Esta movilidad que es otro mecanismo de corrupción que supone la compra del voto, el pago de transporte, la complicidad de actores institucionales para su perfecta ejecución a favor de un candidato, es parte ya de la cultura política y de la impunidad penal. El voto es una mercancía y las elecciones una feria de negociantes. No es la fiesta de la democracia, es la plutocracia y la de estrategias de imagen en grandes ciudades, en donde hacer creíble la mentira, hace de los incautos unos esclavos de su dominador, un representante de los intereses económicos de un sector.

Y sigue nuestro confort. Somos el segundo país de mayor biodiversidad por kilómetro en el mundo, de los de mayores con riquezas hídricas, más de 300 municipios, el 30 por ciento están en emergencia por problemas de agua, y estamos hasta ahora en el inicio de una crisis generada por la sequía. Esta gran realidad de un bien común que no cuenta con políticas públicas de reservorios, de protección de bosques y de distribución adecuada se oculta con una retórica verde, cobijada en la Magia Salvaje. Todo aparece tan bello, tan extremadamente frágil de perderse, que el alma conmovida puede agregarse a prácticas cotidianas claves, pero que dejan de lado el cuestionamiento a una política minero energética, con decretos que limitan la protección ambiental y desconocen que somos un todo, que el orden de las cosas es un caos armonizado por el capital, que las fuentes de vida se están agotando en esa parte adicional del confort que es la cultura del consumo, sin saber el origen de lo que nos ponemos, de lo que comemos, de lo que olemos, de lo que celebramos. Ese mundo de tranquilidad no hace fragmentarios, olvidando que una decisión afecta un todo, la casa común, el cuerpo común, sobre el que respiramos, transpiramos y nos inspiramos. El Patía es hoy en su río Turbio una expresión de la desertización por la deforestación y la extracción de material de arrastre de sus aguas. Las comunidades negras hoy son informadas de la iniciación de una represa que desalojara poblados, desplazara especies nativas, animales y flora, pero ellos, no tienen derecho ni a opinar ni a decidir. El Patía es hoy privatizado por Ardila Lulle, como el río Putumayo, de la Amazonía, contaminado en grado sumo por las petroleras.

Cuadros patéticos de nuestro retazo de país o de países, sin crecer  o mejor en decrecimiento autodestructivo. Una cultura confort que ni las guerrillas ni las llamadas izquierdas han sabido interpretar, para sustancialmente generar una ruptura cultural. Como en el caso de lo traumático, y nuestro país, y el mundo se encuentra lleno de traumas; el trauma persiste si no hay capacidad de lidiar de enfrentar con él para superarlo. Estamos aún en esa posibilidad con una ruptura cultural sistémica, estratégica, crítica, ambiental y radical. ¿Será posible?

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