O la venganza o el reconocimiento

Foto: Gabriel Galindo - Contagio Radio

Por Camilo de Las Casas

28 Mar 2017

El Acuerdo hacia la Paz con las FARC EP y lo que pueda profundizarse en la mesa con el ELN, abrió un escenario para un tipo de justicia institucional en que la verdad más completa y profunda posible, dinamice un restablecimiento de las relaciones del perpetrador con sus afectados.

Este sentido de la justicia es solo uno, que simultáneamente está articulado a un mínimo de la inclusión socio económica en el Acuerdo, pero ese sentido de  justicia, es más profundo, está  más allá de El Colón y Quito, y es la lucha de la nueva sociedad en construcción.

Entre tanto, el enfoque de la justicia que pone el acento en  las víctimas, lo deseable y lo conquistable, aún es la interacción  con los otros sujetos: el ejecutor, el instigador, el planificador, el beneficiario de la violencia.

Ese cambio de mapa espiritual y mental es el que está en juego. Vernos como en un espejo, todos en una condición humana, que exculpa, que comprende; que se sanciona por sí mismo en los cambios propios y que da bases a otra democracia, esa es la democracia profunda.

Lo nuevo es la posibilidad de integrar la verdad extrajudicial y judicial en la reconstrucción de seres humanos en un orden incluyente de la historia, las verdades negadas, las verdades a medias.

Lo viejo es justicia penal centrada en la cárcel en aplicación de códigos penales que aíslan al  perpetrador o el presunto responsable de las víctimas, mediado por sus representantes, sin que ninguna de las partes los afectados y los responsables  en realidad se hayan reconocidos. Ese viejo modelo es el que se inscribe en la marcha del 1ro de abril tratando de reeditar la gran marcha contras las "farr"

En el Acuerdo de El Colón se contemplan instancias judiciales y la de la Comisión de Esclarecimiento de la Verdad, sin descartar en la sanción una cárcel moderada en los tiempos, con un máximo a 20 años y restricciones a las libertades, pero la fuerza de lo nuevo es el impulso a la verdad que va más allá de la ley o de un cuerpo de principios jurídicos.

El Centro Democrático y sectores encubiertos de ese mismo pensamiento engañoso, es decir, sectores de los partidos como Cambio Radical, de la U, Liberal, Conservador, sostienen la necesidad de la cárcel para los “principales criminales” y “máximos responsables”, como si no estuviera ya en el Acuerdo. El asunto es que quieren desconocer lo central, la verdad. La verdad transformante. Las enmendaduras que prometen los del CD al Acuerdo o su propuesta de una Corte, dejarían al traste lo acordado y la posibilidad de lo restaurador para volver a lo viejo, porque hay miedo a la verdad.

El ropaje viejo de la venganza da votos sin cambios.  ¡Qué bien nos hacen Tolstoi, Shakespeare, Kafka, Foucault!  Nos llevan al insondable abismo de amor y del odio, de las libertades y las cárceles, de lo emancipatorio y el disciplinamiento, de la ley y la ética.   La invocación a la institución carcelaria es el desahogo de la prepotencia ideológica en el cuerpo del otro, la máquina de la venganza al pensamiento disidente, y la expiación de la propia culpa. Volvemos a lo cavernario al instinto animal de la defensa con el castigo, antes del cristianismo y luego en el judeo cristiano. Una ley del talión bajo el máximo de la justicia restributiva que ha dado origen a la pena de muerte, a la cadena perpetua, al corte de una parte del cuerpo, al cielo y al infierno, obviamente como parte de un modelo selectivo, para unos no para todos.

La verdad, en el centro, rompe el sistema carcelario, abre el cuerpo a libertades. Veríamos que los guerrilleros son los chivos para ocultar otra verdad, y esto no les exime por lo que deben dar cuentas. Nos llevaría a esa verdad que está más allá de los militares y policías, la que está en otros, que se han enriquecido y o protegido sus riquezas a nombre de la defensa de la democracia y de la buena moral.

Si esos políticos y  privados, con el sacro santo silencio o bendición de sectores de la iglesia católica, y otros legitimados en su honor militar, abrieran su mente, dejarían de  asegurar a los procesados “libertades” absolutamente falsas. Por lo pronto allá ellos. Hablar a nombre de los cautivos es un salvavidas para ese establecimiento en apariencia pulcro. Hablar a nombre de esos militares encarcelados, que son los chivos de este sistema de perversidad de las élites es contra el honor militar.

Desde su seguridad, ellos usan ese poder para sostener lealtades insanas, la obediencia debida con el silencio de los nombres de los responsables. Efectivamente, algunos altos oficiales, políticos y otros actores privados, gananciosos de la seguridad nacional, de esos enemigos internos que crearon en su mapa existencial y se hicieron a diversos tipos de poder.

Mapa mental que enfrenta a un otro relato en los directamente afectados, que superan su victimización, que se asumen sujetos en construcción de lo nuevo que construyeron desde hace 17 años. Comunidades visionarias de un nuevo sentido de la justicia, como las del norte del Chocó, de quienes conocí una reciente carta.

A propósito de los 20 años de la operación “Génesis” en Cacarica es alentadora. Lejos de la venganza, lejos de querer la riqueza del otro, afirman el deseo de encontrarse con los responsables de su desplazamiento, y los que de él se beneficiaron, con los responsables de casi un centenar de asesinatos y desapariciones en la verdad, sin enjuiciar, simplemente para escucharse mutuamente, siendo lo que ellos quieren ser.

Ni siquiera piden cambios al otro, los cambios provienen por ellos mismos y uno de esos cambios es la libertad de los encarcelados, porque la cárcel genera deseo de venganza, y distancia de la verdad, ahí está la ética de la restauración de la dignidad de ellos y de los perpetradores.

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