Golpe de estado en Brasil: Mal paga el diablo a quien bien le sirve

Foto: vistazo

Por César Torres Del Río 

El “Estado-continente” ha sido el foco de atención económico, intelectual y político durante, al menos, los últimos 50 años. De sus inteligencias críticas  brotaron la teoría de la dependencia, la interpretación del “sub-imperialismo” y la actualización del entendimiento sobre el populismo. De la Academia surgieron brillantes estudios sobre el Estado Novo, el “alineamiento sin recompensa” y la “complementariedad dependiente” con Estados Unidos. De los cuarteles emanaron las doctrinas sobre la seguridad nacional y las fronteras ideológicas. Y desde el Estado mismo se planteó la Operación Panamericana, del presidente  Juscelino  Kubitschek (1956-1961).

Décadas enteras de resistencia popular al régimen militar y de trabajo político y sindical para retornar a la forma democrática de gobierno burgués confluyeron en la creación del Partido de los Trabajadores.  Sobre este recayeron inmediatamente las simpatías y aspiraciones de cambio social de millones de trabajadores, estudiantes, empleados públicos y ciudadanos del común. El nombre de Lula alcanzó notoriedad mundial; elegido este sindicalista como presidente de Brasil, la utopía parecía estar al alcance de la mano.

Pero el ejercicio del poder trae sus problemas. Experiencias positivas previas de manejo regional estatal, como en Porto Alegre (Estado de Rio Grande del Sur), habían puesto también al descubierto las dificultades inherentes a la gestión de izquierda de la máquina burocrática-estatal del Capital. Y pese a lo que pudiera denominarse como “veeduría ciudadana”, algunos casos de corrupción oscurecieron la imagen del PT.

Los años de gobierno de Lula Da Silva ampliaron ciertos márgenes de asistencia social y desarrollaron programas que se centraron en disminuir niveles de pobreza profunda; y esto más en el sentido del paternalismo estatal pues fueron políticas  desde arriba. Con todo,  fueron incluidos en la lista de los llamados “gobiernos progresistas”. Lo que sí se privilegió por el mandatario y su equipo fueron las alianzas políticas con sectores del Capital  que tenían presencia en el Congreso; se incentivó el  extractivismo por la vía de las multinacionales extranjeras;  se apoyó a la multinacional Odebrecht, de origen brasilero, para sus inversiones en algunos países de América Latina; y hubo estrecha alineación con Estados Unidos aunque se debe señalar que las diferencias  entre ambos gobiernos son notorias. Esto para mencionar lo grueso;  el resultado lo conocemos todos: importantes sectores del PT fueron retirándose del partido.  Dilma Rousseff, la sucesora de Lula,  ha seguido  el mismo camino. El Estado burgués capturó a la izquierda social-liberal del partido gobernante.

Así las cosas, no es de extrañar que  la corrupción se abriera paso en el seno del PT y del gobierno Lula-Rousseff. Las movilizaciones que hemos visto en los últimos días no son exclusivamente de la derecha brasilera; incluyen sectores de izquierda y miles de ciudadanos que han visto que sus aspiraciones se conculcaron y que el gobierno del PT se alejó de su programa inicial de cambio social. Que hay sectores corruptos de la derecha que se aprovechan de la situación y quieren gobernar directamente el Estado es algo que no se niega; en verdad están promoviendo un golpe de Estado “suave” por la vía del impeachment.  Se debe rechazar tal pretensión del PMDB (partido burgués aliado del PT y sustento político de Rousseff para evitar el golpe) y  de los otros partidos de la oposición.

Desde ésta óptica consideramos equivocada la decisión de CLACSO (www.clacso.org) del 28 de marzo de 2016. Su lamento por el “atentado” al Estado de derecho democrático (el intento de golpe y la captura de Lula para llevarlo a los tribunales  a fin de que responda por eventuales casos de corrupción) y por la violación a los principios de la “democracia republicana (?) es totalmente pueril, raya en la torpeza política y genera en el pensamiento crítico -  que tanto promueve y defiende - un sentimiento de ira y rechazo.  Ese centro académico no puede, ni debe, ocultar la corrupción que campea en el gobierno de Rousseff; tampoco debe cerrar los ojos ante la oprobiosa alianza del gobierno y la élite del PT con las multinacionales y los sectores nacionales del Capital.  CLACSO se mantiene en el nivel de la reificación del Estado, se inclina ante el Leviatán y se hunde en la alienación.

Para la dirigencia del PT, el gobierno de Rousseff y  CLACSO bien vale la pena aplicar el dicho popular de Nuestra América: “Mal paga el diablo a quien bien le sirve”.

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