El momento del momento histórico

Foto: Contagio Radio

Por:  Nicole Jullian

7 Dic 2016

El trabajo investigativo me trae nuevamente a Colombia y, como era de esperarse, la contingencia histórica y política en la que (nuevamente) se encuentra el país me ha llevado a enfrascarme en discusiones bastante álgidas. Consciente del duro golpe y del inmenso dolor que significó la pérdida del plebiscito para una gran parte de la sociedad colombiana intenté hace algunos días explicar que la pérdida del plebiscito trajo consigo de todos modos algunas cosas positivas. El intento fue fallido. Sentí que me tiraban un zapato por la cabeza, a la usanza de Irak. Y es que me las cantaron claras: mira Nicole, el momento histórico se perdió, la politiquería le arrebató el acuerdo al pueblo.

Lo que quise explicar en esa discusión -y cosa que sigo sosteniendo- es que los resultados desfavorecedores del plebiscito sirvieron, al menos, para revisar con más detención el contenido del primer acuerdo firmado en La Habana el 24 de agosto de 2016. Y es que a fin de agosto nos confrontamos con un mamotreto de casi 300 páginas repleto de enunciados jurídicos, soluciones políticas y postulados irresueltos, que por más que hayan sido presentados como axiomas que no necesitaban explicación, eran para el común de los cristianos y para muchos analistas un plato que difícilmente se podía digerir.  También quise explicar que la pérdida del plebiscito sirvió para que no olvidáramos que en este país, por más absurdo que suene, hay una parte de la sociedad que aún insiste en que la paz se consigue sólo por medio de la guerra.

Eso de que el momento histórico se perdió y que la politiquería le arrebató el acuerdo al pueblo me ha dado mucho que pensar. Y de hecho no estoy de acuerdo con esa apreciación. Primero, pues creo que es ingenuo seguir pensando que con el plebiscito el presidente Santos realmente estaba buscando escuchar la opinión del pueblo colombiano respecto a lo acordado en La Habana. En este punto me sumo a los que sostienen que Santos quiso consultar por su propia aprobación y de paso medirle el aceite a las presidenciales del 2018. El jurista italiano Luigi Ferrajoli dijo al respecto: “La paz es un principio contramayoritario. Por esto, como lo he sostenido tantas veces, el Acuerdo para lograr la paz no tenía por qué ser sometido a un referéndum popular” […] “El principio de la paz –al igual o mucho más que otros principios fundamentales como la dignidad de la persona, la igualdad, la libertad y otros derechos humanos- representa, en efecto, una precondición de la convivencia civil.” Podríamos incluso decir aquí que el 62% de la población habilitada para votar se abstuvo de hacerlo pues no consideró que la consulta popular del 2 de octubre representara un momento histórico. En segundo lugar el que la “politiquería” le haya arrebatado el acuerdo al pueblo presupone que el pueblo sí se sentía dueño de ese acuerdo y que se lo “arrebataron”. Pero la idea del arrebato del acuerdo ignora que durante los 4 años que duraron las conversaciones en La Habana una de las molestias más frecuentes que se escuchaba por la calle era que la mesa de negociación estaba muy lejos y que el espíritu de lo acordado no llegaba a las zonas remotas, a las zonas precisamente más afectadas por la guerra.

No creo que en Colombia podamos llegar a un consenso respecto a cuándo es que irrumpe el momento del momento histórico. Si para algunos este gran día quedó fijado el 24 de agosto de 2016, día en que el Gobierno y las FARC-EP firmaron el Acuerdo de Paz, parece que para unos 6 millones de colombianos quedó fijado el día del plebiscito. Para otros el momento definitivo parece ser el día de la firma en el Teatro Colón y no habrá la que diga que es el pasado 30 de noviembre cuando la Cámara de Representantes confirmó la decisión del Senado. Así las cosas, para las FARC-EP el momento histórico parece llegar sólo cuando se apruebe la ley de amnistía. Por último me permito imaginar que para muchas de las víctimas que ha arrojado esta guerra es incluso absurdo hablar de un momento histórico.

Comparto plenamente la mirada que dio William Ospina a los resultados del plebiscito cuando dice en su columna titulada “el país invisible” que la aristocracia colombiana no logra diferenciar la firma solemne de un acuerdo de paz de una ceremonia elitista organizada para una tribuna internacional en una de las ciudades más elitistas del país. Los plebiscitos, si se toman en serio, pueden llegar a ser actos que marcan a toda una generación permitiendo que las sociedades retomen su rumbo. Pero los asesinatos de las lideresas y de los líderes sociales de los últimos días confirman no sólo que la guerra sucia nunca ha dejado de existir, sino que el momento histórico no irrumpe con la firma de un mal llamado “acuerdo de paz” en tierras lejanas. El momento histórico vendrá y ese día Colombia no tendrá dudas sobre la fecha. El dolor no ha matado la utopía.


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