Del Ecuador y el progresismo “Posneoliberal”

Foto: abyayalainternacional

Por César Torres Del Río

19 de Ago 2015

El 13 de agosto pasado Ecuador entero asistió a una intensa jornada de protesta indígena, popular y laboral-urbana. Fue contra el gobierno de Rafael Correa por sus medidas autoritarias y regresivas. Desde hace meses la  confrontación es evidente en el escenario social y político, en particular con los sectores indígenas que se agrupan en el CONAIE (Confederación de Nacionalidades Indígenas); el cuestionamiento de éste a decisiones políticas que afectan el medio ambiente y agreden a cientos de familias originarias - por ejemplo, descartando la consulta popular se aprobó la construcción de una carretera que atraviesa la Amazonía y despliega el territorio a las multinacionales del petróleo - se ha prolongado y recientemente llevó a que el gobierno aprobara el desalojo del CONAIE de la sede habitual de trabajo. La jornada fue acallada por las autoridades; se llegó hasta declararla inexistente y generada por sectores desestabilizadores.

El “progresismo” de Rafael Correa es una de las inquietudes marcadas en el terreno de las izquierdas contemporáneas, y de los analistas en general; se le ubica en la corriente general denominada “socialismo del siglo XXI”. Producto ésta de los desencantamientos políticos populares con los partidos marxistas, nacionalistas y socialistas “democráticos” así como con los viejos dirigentes caudillistas y corruptos y con los modelos fracasados de gestión estatal burocrática (estalinistas), las vías institucionales de participación abrieron paso a la elección de mandatarios  (Chávez, Maduro, Morales y Correa) que anunciaron y llevaron a cabo medidas antiimperialistas y de calibre distinto al neoliberal; y se llegó a decir que por ese camino se podría producir la transición hacia el socialismo (como todavía se afirma en Venezuela). Claro, las medidas sociales que desde el Estado han beneficiado a amplios sectores de la población son un hecho innegable y su sostenimiento y ampliación hacen parte de las reivindicaciones permanentes del pueblo trabajador, indígena y afrodescendiente.

Sin embargo el progresismo “posneoliberal” ha demostrado sus debilidades y limitaciones. Por decisión propia de los gobernantes continúa vinculado a las redes multinacionales de comercio, finanzas, salud, educación y extracción-producción; el caso boliviano evidencia un resultado positivo para el Estado pues recibe el 60-80% de la renta del gas. En cuanto a Venezuela debemos decir que la parte de león se la llevan las casas empresariales nacionales y extranjeras; la tabla de salvación sigue siendo la renta petrolera pero de “transición” … nada. El neodesarrollismo regulado por el Estado ecuatoriano aún no marca la diferencia en el terreno, y la dinámica de participación popular se confronta desde arriba. La limitación permanente es que el progresismo gubernamental no va más allá de los parámetros constitucionales y legales del Estado “social de derecho”.

En Ecuador era lógica y justa la jornada de protesta, entonces. Un movimiento desestabilizador buscaría el retroceso de las conquistas sociales; no ha sido ese el asunto. Una democracia “dirigida” por el marketing político no va con los indígenas ni con sus procesos de confluencia social, y menos cuando se trata de decisiones primarias, desde abajo. La revolución ciudadana, el buen vivir, y otras problemáticas conocidas  no son de la exclusiva competencia de los tecnócratas neodesarrollistas como Rafael Correa; hay una democracia “plebeya” en curso, incipiente es cierto y que señala un derrotero de lucha con múltiples posibilidades de resultados, que ha presionado y arrancado al poder (y Correa hace parte de él) las conquistas sociales. Más que “progresismo posneoliberal” la transición, la dura transición, requerirá del “plebeyismo” en sus variadas expresiones de independencia de clase.

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