Antioquia necesita casas de paso para la paz. ¡Ya!

Foto: Joel Silva

Luis Fernando Quijano - @FdoQuijano

12 Feb 2016

Hablar de paz es muy fácil si no se entiende lo que hay que hacer para llegar a ella, y lo sacrificios que significa sostenerla en el tiempo.

Para muchos -no pocos- la paz es el desarme de las guerrillas, su sometimiento y su entrega para que purguen de por vida penas en la cárcel. Sin embargo, para otros -que tampoco son pocos-, entre los que me encuentro, es un acuerdo de paz entre dos ejércitos con dirección política que están buscando finalizar más de 60 años de guerra fratricida.

Por eso es tan lamentable que en este afán de buscar la reconciliación nacional se presenten dos hechos que, a mi parecer, son lunares negros –tal vez cancerígenos- en el ambiente que se pretende construir: abrir caminos de esperanza y reconciliación nacional.

Estos dos hechos –ocurridos en medio de un proceso de paz en La Habana, entre las Farc y el gobierno colombiano- son: la muerte de un integrante de las Farc que estaba enfermo y detenido en una cárcel de Pereira y las amenazas de muerte que recibió, por parte de la estructura paramafiosa Oficina del Valle de Aburrá, -instalada en el municipio de Envigado desde hace décadas y fachada del cartel de Medellín-, otro miembro de las Farc que fue indultado por el gobierno nacional, y valga la aclaración: un indultado no es un desmovilizado: es un ex prisionero de guerra.

El 20 de enero de este año, el presidente Juan Manuel Santos realizó un gesto humanitario unilateral que, a pesar de tener demoras, mostró cierta voluntad del gobierno nacional y obviamente del Estado colombiano. Enfermos y encerrados cumpliendo sus condenas, 28 integrantes de las Farc fueron indultados y obtuvieron su nuevamente su libertad, dejando atrás las condiciones infrahumanas en las que viven la mayoría de los presos de las cárceles de Colombia.

Lamentable, Jhon Jairo Moreno Hernández no fue uno de los indultados. Murió el 5 de febrero en un hospital de Pereira debido a una enfermedad hepática que lo agobiaba desde el año 2013. Rodrigo Granda, negociador de las Farc, dijo que hubo negligencia del Inpec a la hora de tratar esa dolencia. Razón que tiene Granda. El Inpec es una institución corrupta, represiva y negligente a la hora de atender a los reclusos cuando están enfermos, muchos han muerto y otros seguirán su camino mientras no se restructure y depure ese organismo estatal.

Jhon Jairo hacía parte de la lista de la lista de 71 prisioneros de guerra que organizaciones nacionales e internacionales solicitaron fueran liberados e indultados por las enfermedades que padecían: la falta de voluntad y el cálculo político mezquino no lo permitió. Wilson Antonio López, el indultado de la Farc, fue el amenazado y víctima inmediata del desplazamiento forzado. También se encuentra muy enfermo.

En medio de unas negociaciones que apuntan a la finalización del conflicto armado con las Farc esto no puede ocurrir. Estos dos hechos lamentables no pueden ser una constante en el antes, el durante y el después de la negociación política. Porque no se estaría resolviendo nada.

Teniendo en cuenta estos hechos, propongo al presidente Juan Manuel Santos que, en un gesto unilateral cargado de voluntad política y demostrando que en Colombia manda el Estado Social de Derecho, ordene de forma inmediata una operación de índole político, social y militar contra la Oficina del Valle de Aburrá y sus sucursales en Bello, Itagüí, Envigado, Sabaneta y Medellín. Que la obligue, irremediablemente, a dar el paso hacia unos diálogos urbanos que apunten a su sometimiento a la justicia colombiana. También le propongo que para afianzar la decisión de desmantelar el paramilitarismo y la mafia -dos cosas que encarnan La Oficina- autorice la creación de cinco casas de paso para la paz en estos municipios.

Las casas de paso para la paz tendrían objetivos concretos: la atención a prisioneros de guerra enfermos y la recepción inmediata de exprisioneros –indultados- que no tengan garantías de seguridad. Así mismo, y con posterioridad, la idea es que se conviertan en espacios propicios para construir desde el debate, socializando e instruyendo  más a fondo sobre los alcances del proceso de paz, de forma que logren aportarle a proyecto político desde la palabra y en sanas condiciones.

Sólo la voluntad política de las partes y la aceptación de todos los sectores de la sociedad lograrán que las fallas de la historia no se repitan; de otra forma, esto sólo será un genocidio de la Unión Patriótica, recargado.

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