Así se construye la primera sala de cine en Ciudad Bolívar

Foto:Ojo al Sancocho
5 Oct 2016

Por encima de los techos que cubren las viviendas de Potosí, uno de los barrios más antiguos y representativos de Ciudad Bolivar, localidad ubicada en el extremo sur de la ciudad de Bogotá, se levanta desde hace un par de meses una construcción que sobresale de manera imponente en el panorama, y que tiene como fondo la vegetación del pre páramo que bordea al asentamiento urbano.

Como se han trazado la mayoría de caminos y erigido las obras civiles con las que cuenta el barrio, constituido legalmente en 1982, muchas manos han servido para levantar una a una las vigas que conforman la inacabada estructura de guadua, que en poco tiempo servirá para proyectar películas, algunas de fuera y otras producidas por la misma comunidad que hoy carga en su espalda bultos de cemento, corta, martilla y trepa.

Las más de cien familias que habitan estos cerros, han aprendido con el paso del tiempo a empoderarse de su propio destino. La poca atención que las administraciones de la ciudad han dado a sus necesidades en más de 30 años, ha llevado a la comunidad a ser la propia arquitecta y gestora de su barrio, definiendo colectivamente los espacios destinados para desarrollar actividades cotidianas como habitar, producir y aprender.

Al lote, donde hasta hace poco tiempo se encontraba una de las casetas originales con las que se fundó en los 80 el colegio ICES, Instituto Cerros del Sur, van llegando con entusiasmo cada uno de los hombres, mujeres y niños que es aprestarán de manera voluntaria durante uno o varios fines de semana, a trabajar en la construcción de la que en pocos meses será la primera sala de cine de Ciudad Bolívar, un proyecto auto gestionado que cuenta con el respaldado de muchos de los amigos que en el trascurso de ocho años ha logrado conseguir el colectivo “Ojo al Sancocho”, creador del festival de cine y video comunitario que lleva su nombre y principal promotor de “Potocine” como han bautizado su sueño.

Yaneth Gallego, es integrante del colectivo y hace parte de la organización del Festival. Ella es una de 30 o 40 personas que se remanga la camisa y sin temor se le mide a cualquiera de las labores programadas para realizar durante cada jornada. Haciendo un poco de memoria, recuerda que la idea de construir una sala de cine surgió de uno de tantos encuentros con sus amigos de “Arquitectura expandida”, un laboratorio ciudadano transnacional de autoconstrucción física, social y cultural del territorio, con el que han coincidido en diferentes escenarios desde hace algún tiempo y se ha convertido en su aliado y cómplice, gracias a su lucha compartida por la identidad territorial de las comunidades “Siempre quisimos hacer algo juntos y un día pensamos ¡Qué bueno hacer una sala de cine en Ciudad Bolívar! y de tanto pensarlo y conspirarlo el día de hacerlo llegó” y sin dudarlo más se pusieron manos a la obra.

Además de trabajar por objetivos en común, las dos organizaciones son fieles a su convicción de generar transformaciones respetando el entorno humano y natural, de ahí que en lugar de retirar las dos casetas que inicialmente ocupaban el terreno donde se levanta la estructura, se mantuviera una con el propósito de preservar la memoria histórica que representan para la comunidad; allí se tiene planeado ubicar una máquina de crispetas y adecuar dos salas destinadas a la edición de video y de audio. Por otro lado, en lugar de utilizar insumos de construcción extraídos por medio de la minería, a la que los dos colectivos se oponen firmemente, se escogieron otros materiales renovables como la guadua, recurso principal utilizado en los proyectos que actualmente adelanta Arquitectura Urbana.

Vale la pena destacar que todas estas decisiones, obedecen a la voluntad colectiva, cada una es consultada e incluso debatida con otros grupos locales, quienes pueden opinar sobre lo que les parece y lo que no, esto con el objetivo de que su diseño y ejecución no obedezca a una mirada única y permita acercar a toda la comunidad, generando identidad y apropiación del espacio como un punto de encuentro que, más allá de ser sala de cine, sirva como una casa cultural que pueda permanecer abierta para todos.

En las jornadas de autoconstrucción no sólo se trabaja, también se ríe, se comparte y se aprende. Es como una peña de enriquecimiento cultural donde se imparten talleres de apreciación y realización audiovisual, se comparten historias alrededor de la olla comunitaria y se realizan encuentros donde los voluntarios, locales y foráneos, cuentan de donde vienen y lo que los motiva a aportar su granito de arena. Todos son bienvenidos, la universidad, los empíricos, el maestro de obra, la idea según Gallego es “que todos puedan converger en ese mismo espacio”, mientras explica que aún tienen abierta la convocatoria para todas las personas y organizaciones, que quieran unirse a este “sueño colectivo”.

“Hay días en que se necesitan personas fuertes, capaces de alzar mucho peso y hay días que se requiere que sean livianos para subir al tope de la estructura, en ese sentido ha sido clave la buena articulación y comunicación entre lo que planea Arquitectura expandida y nosotros, eso ha permitido alcanzar buenos resultados”. Y es que a pesar de lo avanzada que marcha la obra es mucho lo que aún falta. Adecuar técnicamente los espacios y dotarlos de los equipos necesarios, requiere de tocar otras puertas, escuchar otras voces y como siempre gestionar. “Todo va sumando” por eso es importante que podamos hacer difusión, si hoy cinco personas se conocen lo que estamos haciendo pueden ser cinco pares de manos más que pueden ayudar.

La meta de Yaneth y todo el equipo, es que el para el 9 de octubre, la sala esté lista para recibir a todos los visitantes que año tras año desde 2008 se dan cita en el Festival Ojo al Sancocho, un proceso desde el cual vienen ayudando a niños, jóvenes y adultos a configurar sus proyectos de vida, desde prácticas no violentas que permiten materializar su talento y creatividad en producciones a través de las cuáles pueden contar sus propias historias, temores, deseos, aspiraciones y sueños.

“Lo que queremos es que las personas, particularmente los niños, puedan tener otras opciones de ver y realizar un cine o un audiovisual diferente”, teniendo en cuenta que son los menores de la comunidad quienes permanecen más tiempo en sus casas frente a la televisión, lo que los convierte en sus espectadores más constantes “queremos formarlos como público, hacerlos más críticos con lo que ven y que tengan una mirada desde lo que son, y con el espacio adecuado les vamos a poder dar más tiempo y llegarles mejor con el mensaje”.

Tanto la creación del Festival como la construcción de la sala de cine, hacen parte de un proceso de formación, basado en educación popular, concepto ampliamente estudiado y desarrollado por Paulo Freire y Lola Cendales, que plantea la generación de conocimiento como un proceso participativo y transformador basado en la experiencia práctica de las mismas persona, utilizando en este caso como herramienta el audiovisual, que puede quizás ser una excusa, teniendo como finalidad última conseguir que sean seres humanos muy auténticos, muy dignos y llenos de una autonomía que los pueda llevar a salir adelante sin importar la adversidad.

Para este año el lema del Festival es: “en construcción el video de la paz”, una frase que Gallego asegura resume “lo que venimos construyendo desde hace 10 años”, desde la escuela popular y el evento, se ha pretendido formar un tejido social que permita generar un proyecto de vida para la comunidad de ciudad Bolivar que a a largo plazo pueda producir una transformación, “un cambio que permita la resolución de conflictos a través del dialogo, la posibilidad de perdonar y que muchos corazones se sigan sanando, sigan encaminándose a unas nuevas opciones de vida, ese sigue siendo nuestro aporte a la paz”.

Muchas de estas localidades, conformadas marginalmente en la periferia de las grandes ciudades de Colombia y Latinoamérica, comparten varios de los conflictos sociales provocados en su mayoría por la escases de oportunidades, condición que convierte a sus habitantes, particularmente a los jóvenes, en caldo de cultivo para las mafias del crimen, la delincuencia y el narcotráfico. De ahí que experiencias como “Ojo al sancocho” y “Potocine”, se conviertan en ejemplos replicables en otros escenarios como la Comuna 13 de Medellín, el Distrito de Agua blanca en Cali e incluso en algunas villas de Argentina, quienes han manifestado su intención de construir espacios similares que permitan romper esos círculos negativos y cambiar las frustraciones por esperanzas.

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