Aguas arriba, de cómo seguir alimentando nuestras luchas ambientalistas

Foto: CENSAT

Por: CENSAT Agua Viva - Amigos de la Tierra – Colombia

En los últimos años el modelo de desarrollo económico ha exacerbado los conflictos sociales en Colombia, estos son no sólo más agudos sino también más complejos. En el núcleo de dichos conflictos  ha estado el dominio de la materia y la energía (tierras, aguas, minerales, petróleo, semillas, alimentos… seres humanos) por eso afirmamos que la cuestión ambiental es inseparable de ellos.  Ante  el desigual acceso, uso, y gestión de bienes naturales múltiples habitantes en Colombia buscan proteger sus territorios del control de grandes empresas y corporaciones transnacionales.

Esto ha sido evidente en la creciente movilización social por el agua y los territorios de la última década contra el modelo, con ejemplos paradigmáticos como la defensa de los páramos, del río Ranchería y el Arroyo Bruno en Guajira frente al avance minero, las Marchas Carnaval que surgieron en el Tolima y que encontraron réplica en numerosos municipios, la lucha del Movimiento Ríos Vivos, la defensa del Río Atrato, entre otros. Esta importante dinámica ganó fuerza y protagonismo por los procesos organizativos que dieron resultados contundentes en las consultas populares y, el impulso de acuerdos municipales para prohibir proyectos de explotación minero - energética. Evidenciando un ambientalismo con arraigo territorial que se construye en torno al planteamiento de unas nuevas relaciones sociedad naturaleza.

En 2017 se realizaron siete consultas populares y se promovieron numerosos acuerdos municipales en diversos regiones del país, que se sumaron a las  consultas realizadas durante 2015 en Piedras, Tolima y Tauramena, Casanare, y a las consultas suspendidas y que aún siguen en curso esperando ser aprobadas. Estas procesos han dado lugar a articulaciones amplias y diversas que se sustentan en el discurso ambiental.

Aunque actualmente en Colombia ésta es la cara más visible del ambientalismo, es bueno destacar que estas luchas tienen una larga historia y hay otros rostros silenciosos y prácticas transformadoras que deben ser reconocidas y destacadas. Existen en el territorio nacional más de once mil acueductos comunitarios que auto gestionan el agua para garantizar este servicio fundamental, que el Estado sigue sin proveer en muchas zonas rurales y urbanas. Acueductos comunitarios que no son exclusivamente rurales, sino también urbanos. Son numerosas las experiencias colectivas de gestión comunitaria del territorio, comunidades del campo e incluso urbanas manejan bosques, humedales y otros ecosistemas, cuidan de manera colectiva o individual importantes ecosistemas sin ningún apoyo estatal. Recordemos el médico pediatra de Mocoa que durante años recuperó un bosque urbano y salvó algunos barrios de la avalancha, la experiencia de pescadores y campesinos del Bajo Sinú que han restaurado más de 40 kilómetros lineales de bosque de galería y 2.500 hectáreas de canales ancestrales zenues, o las familias campesinas en Santander que declaran sus fincas como reservas de biodiversidad y de cultura campesina; cientos de mercados campesinos y ecológicos se realizan semanalmente en los pueblos y ciudades de Colombia, autogestionados por gente del campo y o de la ciudad que se nutren de las miles de experiencias agroecológicas campesinas, étnicas o urbanas que producen alimentos sanos todo ello con muy poco o ningún apoyo estatal. Existen cientos de guardianas y guardianes de semillas criollas que custodian la diversidad alimentaria colombiana. También hay que reconocer los colectivos de artistas que impregnan de creatividad las luchas territoriales y se comprometen con ellas. En todas estas experiencias diversas y ricas en participación han sido vitales los grupos de mujeres como cuidadoras primarias de la naturaleza. Las experiencias se desarrollan tanto en el plano local, como regional o nacional.

Asimismo, en las grandes ciudades y medianos municipios, cientos de organizaciones juveniles y ambientalistas vienen impulsando el uso de la bicicleta y la movilidad sustentable, enfrentando el modelo que promueve el automóvil, y diversas organizaciones rurales y urbanas han venido implementando experiencias de energías alternativas a pesar de que no existen leyes que promuevan e incentiven el uso descentralizado y autónomo de estas energías. La propuesta consiste en hacer un tránsito energético justo hacia energías limpias y renovables.

Diversas organizaciones y movimientos sociales, étnicos, de DDHH y ambientalistas estamos reflexionando en torno a la memoria ambiental, la reparación integral del territorio y la justicia ambiental en el contexto de pos acuerdo, insistiendo en que la implementación de los Acuerdos debe privilegiar un análisis sobre la importancia del ordenamiento ambiental del territorio para la paz.

En la actualidad, los ambientalismos colombianos, proponen interesantes y diversas corrientes de pensamiento y acción que están logrando permear a muchas personas y a organizaciones variadas: trabajadores, académicos, mujeres, jóvenes, campesinos, pueblos étnicos, estudiantes, artistas y maestros, logrando llegar a nuevos sectores de la ciudadanía y construyendo una fuerza social original e interesante por su carácter diverso y porque permite tejer el campo y la ciudad. Pero ¿cuáles son los pasos siguientes que tendríamos que dar para continuar avanzando? ¿Cómo sistematizar, reflexionar y aprender de estas propuestas para impulsar reales transformaciones? ¿Cómo lograr posicionar estas alternativas y propuestas? ¿Cómo hacer de la cuestión ambiental un asunto fundamental tanto para afrontar los motivos de los conflictos y la guerra, como para construir la paz? ¿Cómo no permitir que nuestras aspiraciones populares, alternativas se pierdan o debiliten en el año electoral y por el contrario fortalezcamos una fuerza social renovada que coloque en el centro de sus preocupaciones a la naturaleza? Estos son algunos de los retos que tenemos para seguir alimentando nuestras luchas ambientales y caminando aguas arriba.

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